El domingo 10 de julio, Jerónimo Gónzales partió quién sabe dónde. Fue embestido por un automóvil en la ciudad de Comayagüela.
Cuentan que el cantautor salió de su casa en el Reparto Arriba apesarado por la muerte del célebre Facundo Cabral. Falta comprobar dicha teoría.
Jerónimo (Daniel Gónzales) ultimamente se venia desempeñando como cantor en las marchas del Frente Nacional de Resistencia Popular, interviniendo en cada acto político que se presentase, con o sin el permiso de los ahí presentes, él cantaba, ya sea acompañado de su guitarra o a voz en cuello, pero él cantaba.
Anteriormente, visitaba cafetines, restaurantes y estancos de la ciudad, en dónde intervenía para ganarse unos cuantos lempiras que le servirían "para regresar a su casa".
Les comparto un disco compacto de Jerónimo y una canción que interpretó durante la vigilia al regreso de Manuel Zelaya y demás exiliados, en la cual antes de empezar a cantar menciona:
"pueda que ya me vaya al otro mundo yo también, se están muriendo los poetas".
http://www.mediafire.com/?a5xgye5fekegpwu
Varios amigos y personas que lo conocieron escriben sobre él hoy Jerónimo, que no creo descanse en Paz...
ALLAN MC DONALD
DEJÁ DE JODER JERÓNIMO
Allan McDonald
Si la muerte pisa mi huerto
¿quién firmará que he muerto
de muerte natural?
¿Quién cuidará de mi perro?
¿quién pagará mi entierro
y una cruz de metal?
¿Quién vaciará mis bolsillos?
¿quién liquidará mis deudas?
A saber...
Joan Manuel Serrat
El hombre no era Silvio Rodríguez, no tenía por qué serlo ni le interesaba, porque la revolución de él era comer un día de por medio, y su guerra infinita la libraba con una guitarra y en su morral cargaba un pan y con eso le bastaba hacer frente la guerra de guerrillas de la música contestaría que no ceso nunca en la garganta molida a gas del cantautor Héctor Daniel Gonzáles, nombre más bien ficticio por ser puesto en una pilas católica y golpista donde lo bautizaron hace medio siglo.
Cantó sin estilo, la revolución no tiene estilo, se cantó por amor al pueblo y punto, y así era Jerónimo, que a estas alturas de su muerte no sirve decir que era héroe o buen hombre, porque en vida, andaba casi mendigando un pedazo de atención en monedas gastadas del uso y abuso de esta vida de miserias pegadas al estómago del arte que cuesta ser hombre, limosneaba un cigarro, pedía un par de ojos que voltearan a ver su disquito envuelto en papel periódico para que se lo compraran por 30 pesos y hoy los que se rasgan las vestiduras del che, se escondían al verlo llegar, allí viene a joder decían, y allí se escondían bajo el mantel azul del discurso patriotero, se burlaban del hombre por no tener el glamour de Serrat, o el pelo escarchado de Arjona; de nada sirve ya decir como era el hombre, si ya está muerto, si a estas revoluciones de mall está ya sin lagrimones por la muerte brutal de facundo Cabral, que cayó justo el mismo día que Jerónimo, y justo también ido a abandonar al cuerpo de bomberos, como para creer que allí se apagan las llamas últimas de la injusticia social que nos restregaron estos cantores, uno con más suerte que otro, con más plata y con más público… y con más eternidad, pero con igual valor ante la vida, ante la justicia divina que se baña de agua florida con la muerte de ellos.
Dejemos en paz a Jerónimo, que lo entierren al pobre, tan pobre como vivió, pobre ante el último reducto de la vida que arrolla a todos los mendigos de esperanza y de libertad.
Allí se queda el viejo flaco, de barba consumida por la miseria, allí dobladito como un cuerda rota de su mismísima guitarra, abandonado a la suerte de otras voces, allí te quedaste Jerónimo, tu ataúd más caro que todo lo que alguna vez recogiste en las cantinas de mala muerte, donde aprendiste a vivir con lo simple, con la lucha de clases, que batallaste contra el monstruo maldito de esta vida.
Ya no te mueras, dejá de jodernos.
YECO HERNÁNDEZ
FABRICIO ESTRADA
Flores, atardeceres, guitarras...he visto a músicos cantando solitarios en sus cuartos de marfil y en escenarios de lujo, pero siempre vi a Jerónimo acompañando al pueblo en las calles de Tegucigalpa.
Rabioso, jodedor, como si estuviera siempre conectado a una electricidad que venía de la memoria, Jerónimo no dejaba de cantar y hacerse valer como personificación del pueblo. Y ese puesto lo reclamaba sin tapujos. Digno hijo de esas calles no se detenía y asumía lo que provocaba. Particularmente, en una ocasión, me provocó con acidez desmedida y su guitarra terminó de collar ante mi furia. Nos gritamos, nos juramos reventarnos la cara...pero... llegó ese día en que en un acto en la Biblioteca Nacional, se sentó a mi lado con su guitarra nueva y me dijo: "uy, mejor la pongo en otro lado antes que me la quebrés otra vez en la mema"... me dio la mano y me sonrío como sólo los coyotes de la Warner Brothers saben hacerlo. De ahí en adelante, no hubo rencores porque él sólo tenía tiempo para cantar y para ir en la correntada popular.
Solidario como el malandrín más leal, combativo como el cipote de barrio más pelión, había que darle ese espacio en los escenarios de Resistencia porque sino el hombre era puesto ahí a gritos por la gente, aún interrumpiera al cantor o cantora que estuviera a pleno pulmón, aún desbaratara la idea de la agenda cultural...su charango arrancaba de la misma forma que lo hacía en los bares y estancos y empezaba con el tracateo y latigazo al imperialismo, con la promesa de victoria, con la intensidad de un medium que hacía volver a Víctor Jara y a todos los cantores de la revolución, la revolución que volvía a ser un coro en los que lo rodeaban, la revolución que él vivió como si existiera ya y como si ya hubiéramos triunfado.
Jerónimo, compañero, vos me enseñaste lo que era la rabia, la indignación y el respeto por los cantores del pueblo. No fuiste un santo, no fuiste la moral que se ensalza en los figurones culturales. Eras el representante de la eterna asamblea de los excluidos, de los que nunca cantarán en salones relucientes. No. Vos eras guerrillero urbano con guitarra y sin fúsil. Eras un comando de la alegría. Eras la revolución, compa.
Andá quitale el trinche al diablo y dale lecciones a punta de charango!!
Hasta siempre, Compa!!
Alex Castillo
Pocas veces he asistido a un funeral con tanta alegría. Ahí sólo había canción y anécdotas. Había dolor, sí, pero de ese tipo que se aplaude, se ríe y se cree que el muerto no debe entristecerse más de lo que ya está pasando. Por eso fue que Jerónimo se probó tres ataúdes antes de elegir el que más le gustaba y que hubieron proyectos fugaces de pintar un ataúd de pino, como un mural para el inframundo.
Edgar Soriano
Al COPEMH llegó la asamblea del FNRP, y al fin, Jerónimo la presidía tirando línea y operatividad: había que cantar, no había que llorar; había que reír y había que disputarse el café. Lo de la revolución era redundante porque ya todos sabíamos en lo que andábamos, así que cada quien barajaba recuerdos en busca del as de la mejor anécdota.
Cantantes, poetas, doñitas de base, políticos, pintoras y pintores, parroquianos de Los Dolores y despachadores de taxis, familiares, rencorosos olvidadizos, serios proyectistas del mañana sin Jerónimo, todas y todos llegamos a entender que ahí nadie se rendiría a la melancolía.
Federico Ramírez
Indira Gonzáles, la hija de Jerónimo.
Mariano y Carlos Díaz
Alirio
Vladimir Rodríguez y Milton Benítez
Y el Brother, claro, casi intoxicado pero dando el ambiente, apegándose al guión de alegría que nos dejó el insurrecto Héctor Daniel Gonzáles Andino...